No es lo mismo hablar que decir. Algunas personas hablan mucho pero no dicen nada, pura cháchara hueca, trivial. Algunos como muy pocas palabras nos transmiten un mundo rico en experiencias, en sentimientos e ideas, restablecen un verdadero diálogo.
Pero el progreso, con su inmensa dosis de modernidad y adelanto, confabula contra la comunicación sana, abierta, nutritiva. El medio por el cual llega hasta nuestros ojos y oídos, es más importante que el mensaje. Las personas, aún en el propio hogar permanecen como extraños, no se atreven a comunicar sus miedos, sus angustias, ¿para qué?, ¿en qué momento? El Televisor res aquí el personaje principal y él se encargará de resaltar los ángulos más perversos del ser humano.
Y en estos ángulos se afinca la atención de los jóvenes y hasta de los niños que, al ser maleables y frágiles, consideran que así es el mundo, que no nada que hacer para cambiarlo.
Es allí donde deben estar presentes los padres y los educadores. Ellos deben aprender a escuchar sus silencios, sus frustraciones y sus inseguridades, lo que dicen y lo que callan. Escuchar lo que piensan de este mundo caótico que les ha tocado vivir. Es urgente que lo ayudemos a superar las y trampas de las apariencias que se les está mostrando.
Las comunicaciones actuales han roto las barreras de la distancias y sin embargo las personas las viven cada vez más solas. Viven extraños en la misma casa, en la misma cama. Es solo un ritual vació, banal. La gente necesita llamarse continuamente por el celular, enviarse correos
electrónicos, contarse lo que pasa lo que hicieron: "ya llegué al aeropuerto", "estoy en el taxi", "ya voy a llegar para allá", y cuando se encuentran y están el uno junto al otro, no tienen nada que decirse, entonces es el Televisor quien toma la posta, se convierte en el "centro de la familia".
¿Queremos que siga creciendo este desaliento entre nuestros hijos o nietos?. La repuesta cae por su propio peso...
De los escrito de José Juventud